El rol geopolítico del petróleo venezolano

4 mayo, 2010 § Deja un comentario

Entendemos -como hipótesis inicial- que la energía es tan fundamental para la supervivencia de la civilización contemporánea, globalizada a través del sistema capitalista, como lo fueron el oro y las piedras preciosas para el sistema mercantilista feudal.  En otras palabras, el orden económico y geopolítico y geoestratégico mundial funciona sobre la base de una arquitectura política, económica y tecnológica en que la energía, y los hidrocarburos en particular, son estratégicos.

Diversas son las fuentes energéticas de que se valen las naciones y las potencias para satisfacer sus necesidades de subsistencia; pero entre ellas, es sin duda el petróleo la más importante de todas y, de acuerdo con todos los pronósticos, seguirá siéndolo por lo menos durante los próximos 50 años, cuando quizás la energía proveniente de la fusión nuclear o de otreas fuentes renovables,  sean  explotables.

UN ORDEN CAPITALISTA GLOBAL QUE SE MUEVE CON PETROLEO

Y así como en la edad moderna renacentista, la geopolítica mundial giraba en torno al dominio de los territorios con mayores “riquezas probadas”, en la edad contemporánea post-industrial, la geopolítica mundial gira en torno al control (dominación indirecta) de los territorios con mayores “reservas probadas” de petróleo. Incluso, en algunos casos, como en el Medio Oriente y el Asia Central, ese control ha tenido episodios de dominación mediante intervención militar directa (Guerra del Golfo, Invasión a Afganistán).

De acuerdo con análisis adelantados por el Banco Mundial, así como el petróleo fue la causa principal de la mayoría de las guerras ocurridas en el siglo XX, será el agua dulce la principal causa de dichas guerras abiertas o encubiertas, militares o económicas, durante el siglo XXI (Banco Mundial, 1995).

Naturalmente, los hilos y entretelones de la compleja geopolítica energética mundial, específicamente petrolera, se tejen y desenvuelven entre las grandes potencias o bloques mundiales: Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, China, Japón, entre otros.

No obstante, y muy especialmente a raíz del triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría, la unipolaridad mundial hace que sea justamente esa única nación la que aparenta ejercer una mayor determinación sobre los acontecimientos mundiales en torno a las fuentes de energía y su aprovechamiento.

El lugar central de Estados Unidos en la geopolítica energética mundial

Geopolíticamente hablando, pareciera que los Estados Unidos tienen tres metas básicas: a) sostener el dólar como moneda fuerte y simultáneamente mantener la competitividad de sus exportaciones, b) asegurarse el suministro adecuado de energía, al menor costo posible, y c) garantizar la seguridad nacional, a través de la supremacía naval.

Posiblemente para procurar el logro de esas tres metas esenciales, los Estados Unidos han utilizado discrecionalmente su poder comercial (suministro y adquisición de bienes y servicios), su poder militar (fuerza bélica), su poder financiero (capital) y su poder mediático (información en medios de comunicación social tradicionales y telemáticos), con una mezcla sui generis de cada uno de ellos en cada caso particular y según las circunstancias.

Para sostener el dólar como moneda fuerte y simultáneamente mantener la competitividad de sus exportaciones, los Estados Unidos, frente a la Unión Europea, sube sus tipos de interés a fin de apreciar el dólar con respecto al euro y, paralelamente, promueve la escalada de los precios petroleros que afecta mucho más a la competitividad de las exportaciones europeas que a las norteamericanas, gracias al menor costo de mano de obra en sus estructuras de producción (Arriola, 2000).

La manera como Estados Unidos promueven el alza de los precios del petróleo como estrategia geopolítica, se evidencia según Arriola (2000), en las temporadas en las que no ejerce presión alguna sobre Arabia Saudita o los restantes países de la OPEP para forzar los precios a la baja, y además en la configuración de escenarios bélicos ampliamente promocionados a nivel mundial, como la amenaza de atacar a Irak, y quizás también en forma solapada al fomentar inestabilidades en países petroleros de importancia mundial, como muchos analistas afirman que ha sido el caso con Venezuela en los últimos tiempos. Al respecto, por ejemplo, cabe citar a Fazio (2002):
“Venezuela es una pieza clave de la petropolítica global del gobierno de George W. Bush. El golpe de Estado del 11 de abril estuvo monitoreado por intereses petroleros. Uno de los objetivos de la conspiración era privatizar Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA) en beneficio de una sociedad estadounidense vinculada al clan Bush y a la compañía española Repsol, vender la filial estadounidense de PDVSA, Citgo International, al magnate Gustavo Cisneros y sus socios en Estados Unidos, y suprimir la reserva del Estado venezolano sobre los recursos del subsuelo para entregárselos al capital trasnacional.” (p. 1).

El petróleo como herramienta de la seguridad del imperio

Para garantizar la seguridad nacional, a través de la supremacía naval, tesis geopolítica clásica que sigue estando vigente en el pensamiento y la acción política, militar y económica del coloso del norte, los Estados Unidos han magistralmente distraído la atención del gasto militar de las restantes potencias, como Rusia y China, hacia conflictos bélicos territoriales geográficamente cercanos a dichas naciones.

Tal fue el caso de la invasión soviética a Afganistán, que desvió el armamentismo soviético hacia tierra, lo que le trajo como consecuencia ser derrotado en la Guerra Fría. También es el caso, en opinión de diversos analistas, con los ataques contra Afganistán y las tensiones que siembra Estados Unidos entre los países del Asia Central (ex repúblicas soviéticas), India, Pakistán, China, etc.

De esta manera, impide que potencias como China destinen su gasto militar hacia el mar y, por otra parte, evita que ni Rusia, ni China ni ninguna otra potencia rival ejerzan control sobre el segundo mayor reservorio de petróleo explotable del mundo, que se ubica justamente en el Asia Central. Asia Central es la segunda cuenca petrolera más grande del mundo que tiene cerca de 200 mil millones de barriles de reservas de petróleo, después del Golfo Pérsico que cuenta con 660 mil millones de barriles.

Estados Unidos pone tropas allí donde hy petróleo.

Por lo tanto, para asegurarse el suministro adecuado de energía, al menor costo posible, que pareciera ser también una meta esencial de los Estados Unidos para garantizar su supervivencia, dicha nación aparentemente: a) presiona a diversos países para que adopten políticas de apertura petrolera, b) estimula la inversión de capitales de corporaciones petroleras norteamericanas o británicas en las industrias petroleras de países estratégicos desde el punto de vista energético, c) penetra de diversas maneras y ejerce control a nivel de toma de decisiones (gerencial) en las industrias petroleras de países estratégicos, d) mantiene reservas estratégicas de petróleo, e) fomenta e interviene de diversas formas en conflictos internos de países petroleros, f) presiona a la OPEP para que baje los precios, g) adopta medidas de racionamiento de combustible.

No resulta incluso temerario suponer que la negativa de Estados Unidos de instrumentar las medidas de reducción de emanaciones recomendadas en las Cumbres de La Tierra en pro del medio ambiente, podría quizás obedecer al hecho de que el calentamiento global afecta más que todo a las naciones en vías de desarrollo, a los países nórdicos europeos y a las naciones del Asia Central y Oriental; mientras que el clima en los Estados Unidos se haría más caliente y, por lo tanto, ese país necesitaría consumir menos energía durante sus inviernos, factor éste de vulnerabilidad en la seguridad y defensa del coloso americano.

Al respecto, cabe citar al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (1997), en un análisis sobre los impactos del cambio climático por regiones, el cual afirma para el caso de América del Norte lo siguiente:
Otros sectores y subregiones podrían también beneficiarse de las oportunidades creadas por el aumento de temperatura y, potencialmente, de la fertilización por CO2, y en particular: los bosques de coníferas de la costa oeste; algunos pastizales de la parte occidental; un menor costo de la energía en calefacción en las latitudes septentrionales; un menor costo en sal contra la nieve y en trabajos de quitanieves; una mayor duración de la estación sin hielos en aguas de los canales y puertos septentrionales; y la agricultura en las latitudes norte, en el interior del oeste y en la costa oeste.

Resultaría bajo esta lógica también comprensible por qué los Estados Unidos en realidad no toman ninguna acción concreta efectiva en pro de la disminución de la pobreza en los países en vías de desarrollo, dado que ello implicaría necesariamente fomentar el aparato productivo de esas naciones y, consecuentemente, el consumo energético de las mismas, consumo éste que a la final se traduce en menor cantidad de reservas probadas de hidrocarburos aprovechables directamente por los Estados Unidos, lo cual se desprende de hechos como los expuestos por M. Klare (2000): “Se espera que el consumo en EEUU crezca otros 5 millones de barriles por día en los próximos veinte años, y más de la mitad de ese petróleo tendrá que venir de fuentes extranjeras. Esas cantidades podrían ser fácilmente proporcionadas por los países del Golfo Pérsico, sobre todo por los gigantes petrolíferos como Irán, Irak y Arabia Saudita. Sin embargo, los estrategas norteamericanos son reticentes a que crezca la dependencia de EEUU de la región inestable (y siempre tensa) de Oriente Medio – y entonces, busca vendedores más accesibles. Y Colombia y Venezuela entran en ese marco.”

Las necesidades de consumo energético de los Estados Unidos y del mundo desarrollado en general crecen sostenidamente, mientras que las reservas de petróleo probadas crecen a un ritmo menor. En tal sentido, es obvio que la demanda supera a la oferta, sobre todo en una perspectiva de largo plazo. Se trata de un hecho muy simple: en un mundo de recursos limitados el crecimiento del consumo no puede ser ilimitado a menos que sólo una parte de la población consuma esos recursos. O, en otras palabras, los recursos no alcanzan para todos. Así lo señala lúcidamente Heinke (1999): Las tres cuartas partes de la población mundial que ahora residen en las regiones menos desarrolladas aspiran alcanzar el mismo nivel de vida que la cuarta parte que vive en las regiones más desarrolladas, el consumo global de energía y recursos tendría que aumentar aproximadamente diez veces para que eso sucediera. Sin embargo, al considerar las reservas actuales de energía y su valor, es claro que esto es imposible.

Además, un aumento de diez veces en el consumo de energía y recursos podría significar también el mismo incremento en la contaminación, el cual sería difícil o (lo que es más probable) imposible de asimilar por el entorno. En último término, el nivel de vida de los países más ricos tendrá que descender para dar cabida a un aumento en el nivel de vida de los países más pobres. ¿Podrá suceder esto por medios pacíficos? (p. 45).

En tal sentido, no es una especulación que si los países en vías de desarrollo se industrializaran, el nivel de consumo de energía y muy particularmente de petróleo, crecería hasta un punto imposible de satisfacer con los niveles de producción actuales y previsibles en el futuro, por lo cual resulta sencillamente imposible soportar la industrialización del mundo en vías de desarrollo sobre el petróleo. Pero esa es justamente la principal fuente de energía que viablemente puede mantener en funcionamiento el aparato productivo mundial, cuando menos durante los próximos cincuenta años (Heinke, 1999), cuando fuentes como la energía nuclear limpia (por fusión) alcancen su madurez tecnológica y comercial.

Naturalmente, siendo limitado y con una alta tasa de consumo, el petróleo y otras fuentes de energía como el gas y la hidroelectricidad, irán disminuyendo su importancia dentro de la ecuación energética mundial durante la primera mitad del siglo XXI, a la par que fuentes alternativas como el carbón y la energía nuclear irán adquiriendo mayor relevancia. Al respecto, Heinke (1999) expone: “…si el petróleo y el gas van a menguar en importancia como fuentes de energía en el siglo XXI y más allá, ¿cómo será posible satisfacer las demandas de energía de una población mundial todavía en crecimiento? Es claro que, para que se alcancen incrementos importantes en la producción de energía, los recursos deben provenir del carbón y de fuentes nucleares; las renovables, esto es, la energía hidroeléctrica, el petróleo y el gas no convencionales (principalmente de arenas y esquistos), serán importantes también, pero nunca en la misma medida. De forma similar, no se espera que las fuentes potencialmente nuevas, como la fusión termonuclear, por ejemplo, contribuyan en un grado importante a las necesidades energéticas del mundo antes del año 2050.” (p. 63).

No obstante, la geopolítica energética mundial en el presente y durante las próximas décadas está signada por el petróleo y, en tal sentido, resulta igualmente comprensible, bajo esta lógica, por qué los Estados Unidos en realidad no toman ninguna acción concreta efectiva en pro de la disminución de la pobreza en los países en vías de desarrollo, dado que ello implicaría necesariamente fomentar el aparato productivo de esas naciones y, consecuentemente, el consumo energético de las mismas, consumo éste que a la final se traduce en menor cantidad de reservas probadas de petróleo aprovechables directamente por los Estados Unidos.

No cabe duda de que importantes acontecimientos mundiales están signados por la geopolítica energética, específicamente petrolera, y en la medida en que las necesidades de consumo de energía aumentan, a la par que el desarrollo de fuentes alternativas de energía se mantiene a un ritmo lento, seguirán muchos de esos acontecimientos siendo signados por la geopolítica energética petrolera, principalmente de los Estados Unidos, primera potencia mundial en la era de la globalización.

EL ROL GEOPOLÍTICO DEL PETROLEO VENEZOLANO

En ese contexto, América Latina, tanto por su cercanía geográfica como por sus reservas energéticas, es una de las regiones del mundo que estará bajo el ojo vigilante de Washington. Actualmente, Venezuela es el tercer proveedor de Estados Unidos, México, el cuarto y Colombia, el séptimo.

¿Se dan cuenta bien todos los venezolanos del rol estratégico y geopolítico que cumple su petróleo en el orden mundial?

El éxito logrado por Venezuela en volver comercialmente redituables sus depósitos de petróleo pesado sugiere que contribuirá en forma sustancial a la diversidad de la oferta global de energía, y a nuestra propia mezcla de abastecimiento energético a mediano o largo plazo.

Siendo Venezuela un proveedor crucial de petróleo para Estados Unidos y, además, constituyendo bajo el actual gobierno un país que compromete los intereses petroleros norteamericanos en América Latina, sobre todo tomando en cuenta que Venezuela lidera un proceso de cambios sociopolíticos de trascendencia continental, y tomando en cuenta así mismo que entre Venezuela, Colombia y Ecuador existe una cuenca petrolera de grandes proporciones aún no calculada, aparte de las reservas probadas de crudos livianos, pesados y extra-pesados en esta región, es indiscutible que Venezuela está destinada a jugar un rol protagónico en la geopolítica energética petrolera mundial, como de hecho lo ha venido jugando desde hace mucho tiempo, primero con la fundación de la OPEP por iniciativa del venezolano Juan Pablo Pérez Alfonso, luego con su protagonismo en los shoks petroleros de la década de los 70 y ahora con el relanzamiento de la OPEP promovido por el Presidente Hugo Chávez y el aparente cese del control que sobre la industria petrolera nacional ejercía los Estados Unidos a través de sus cuadros gerenciales (control en la toma de decisiones corporativas).

En este último punto no debe perderse de vista que durante la gestión de Luis Giusti, actual asesor energético para América Latina del Presidente Gorge Bush, se inició un proceso intensivo de descapitalización de PDVSA, con miras a su privatización (al tener menos activos, costaría menos a los inversionistas extranjeros adquirirla), así como un incremento exorbitante de sus costos operativos, lo cual justificaría ante el Poder Legislativo Nacional la necesidad de privatizar la industria por razones de ineficiencia en costos.

La situación energética mundial y específicamente petrolera, se ve determinada principalmente por los niveles de consumo de Estados Unidos, país que por sí solo quema el 25% del petróleo y el gas que se produce a nivel mundial.

Las más sólidas evidencias científicas demuestran que el ritmo de nuevos descubrimientos ya ha superado su punto medio y se encuentra en pleno declive de la curva normal. Por su parte, el mundo está cercano a llegar a consumir la mitad de todo el petróleo que nos legó la naturaleza y, comoquiera que el ritmo de consumo sigue un patrón de aceleración constante debido al crecimiento poblacional y a la voracidad de economías prósperas como la de Estados Unidos, la otra mitad del petróleo que nos queda en el planeta no superará la barrera del siglo XXI, si acaso la del 2050.

Así que es un hecho científico, al margen de cualquier argumentación política o militar, que el petróleo se agota rápidamente. Por otra parte, también es un hecho científico que las fuentes alternativas de energía, como la solar, la eólica, la hidroeléctrica y la vegetal (carbón y madera), no son suficientes, ni de lejos, para compensar la demanda energética mundial, crecientemente voraz. Y, en relación con la energía nuclear, la misma no es viable por los riesgos que entraña, excepto la energía nuclear limpia, obtenida por fusión (en lugar de fisión), cuya viabilidad técnica y comercial sólo podrá obtenerse del 2050 en adelante, según las mejores estimaciones.

Venezuela como potencia energética en el orden petroleo global

De allí que la importancia geopolítica del petróleo y el gas se hará sentir con creciente peso a lo largo de los próximos cincuenta años, momento a partir del cual los combustibles fósiles serán historia.

Venezuela ha sabido manejar la creciente importancia del petróleo a través del mantenimiento de una clara política de abastecimiento confiable y seguro a Estados Unidos, e inclusive el mantenimiento de la apertura petrolera a capitales transnacionales, principalmente de origen norteamericano o de países que gozan de su beneplácito.

No obstante, ha sabido también Venezuela apuntalar una política de precios petroleros “justos”, a través de su participación decidida en la escena internacional como miembro relevante de la OPEP.

Pese a lo que pudiera pensarse, Venezuela no ha perdido capacidad significativa de explotación y sus planes de expansión de la misma están abiertos al capital privado nacional e internacional. Así mismo, ha demostrado a Estados Unidos y al mundo que posee suficientes recursos internos como para garantizar el funcionamiento de la industria petrolera incluso frente a las más adversas circunstancias, como las ocurridas durante el paro petrolero de diciembre de 2002 y enero de 2003.

Es claro, entonces, que Venezuela ha optado por una política de equilibrio en relación con los intereses geopolíticos de Estados Unidos en nuestro petróleo y nuestro gas. Por una parte, se mantiene como el mayor suplidor, confiable y seguro, de hidrocarburos hacia Estados Unidos en el hemisferio occidental; al igual que respeta a los capitales transnacionales invertidos en el país y continúa permitiendo su entrada, incluso a un ritmo mayor que antes del gobierno del Presidente Hugo Chávez. Pero, por otra parte, ejerce un rol de decidido liderazgo en la OPEP, incorporando incluso a productores No OPEP, como México, a pactos de cuotas de producción para regular los precios del mercado.

Durante cuatro años consecutivos los precios del petróleo se han mantenido por encima de la barrera de los 20 US$ por barril, lo cual constituye un hito en las últimas décadas, ya que los booms petroleros de la década de los años 70 determinaron aumentos exorbitantes de los precios, pero por sólo dos o tres años, antes de que volviesen a estabilizarse y bajar.

El hecho de que en otras partes del mundo se hagan nuevos descubrimientos, que entren nuevos actores como Rusia, o que Arabia Saudita busque contrarrestar la tendencia hacia la búsqueda de energías alternativas al petróleo mediante una política de precios moderados, no es suficiente contrapeso para el más contundente hecho científico de que todo el petróleo del mundo, incluyendo el de Arabia Saudita y el de todos los demás países OPEP y No OPEP del planeta, sólo alcanza para el 2050, y eso suponiendo que el ritmo de consumo se mantenga a los niveles actuales, lo cual es poco probable dado que la población se expande a ritmo acelerado y las economías voraces del hemisferio norte también. Además, hay que tomar en cuenta el detalle poco conocido, pero bien documentado, de que las reservas probadas en determinadas regiones del planeta están sobreestimadas.

El petróleo como “destino manifiesto”

Esto determina una sola conclusión para Venezuela: el petróleo es y lo será cada vez más, un negocio muy rentable, donde la demanda será creciente a lo largo de los próximos cincuenta años, a la par que la oferta será decreciente, sencillamente porque se trata de un recurso natural no renovable que se agota.

Ante esta realidad, es claro que la política más acertada para el país, y para cualquier país petrolero, es la de precios altos y control de la producción, dado que una política de precios bajos y aumento de la producción constituye un despilfarro de nuestra riqueza potencial, es regalar nuestro petróleo a precio de gallina flaca. Si los precios del petróleo suben, ni Estados Unidos ni Europa ni Japón tienen la tecnología ni los recursos para sustituirlo como fuente de energía primaria, cuando menos a lo largo de los próximos cincuenta años, momento a partir del cual ya ni siquiera importará porque probablemente ya no tendremos más petróleo en nuestro subsuelo.

Así que la estrategia geopolítica para Venezuela es muy simple: continuar abasteciendo de petróleo a Estados Unidos, todo lo que pida, y también de gas; pero, simultáneamente, obtener por ese petróleo el mayor precio posible, dentro de las bandas fijadas por la OPEP. Que de la riqueza mundial, le toque a Venezuela la parte que le corresponde como suministradores de la energía que alimenta el desarrollo económico mundial. No se trata por tanto de regalar al mejor postor la principal riqueza energética de una nación, sino de explotarla y aprovecharla al máximo en función de una política de Estado de carácter estratégico y con sentido prospectivo.

Venezuela podría ser la Arabia Saudita de América Latina…

Venezuela es en esencia un país petrolero. Esta frase ha sido tantas veces proferida que pudiera olvidarse cuál es su verdadero significado. No obstante, la crisis de diciembre de 2002 y enero de 2003 ha servido para constatar, contundentemente, que Venezuela vive del petróleo, que su economía toda gira en torno al petróleo, que el petróleo es nuestra sangre y nuestro aliento y, frente a la globalización, nuestra única esperanza de obtener el financiamiento para el desarrollo sustentable de nuestra sociedad.

Si lograremos finalmente “sembrarlo”, es harina de otro costal. Lo importante de resaltar es que el principal negocio de Venezuela es el petróleo y lo será cada vez más por la sencilla razón de que se agota y la demanda mundial hacia el mismo crece con voracidad desesperada. Tanta es la desesperación de nuestros clientes por el petróleo, que son incluso capaces de hacer la guerra a otros países con tal de asegurarse un suministro confiable de este recurso energético para las próximas décadas.

Venezuela no puede igualarse a Estados Unidos. El Neoimperio muncial del siglo XXI tiene que estar contento con Venezuela como suplidor confiable de petróleo, incluso pese al disgusto que pueda causarle el tener que pagar precios altos por el mismo. Después de todo, bussiness is bussiness.

En el mismo momento histórico en que Ecuador nacionaliza sus recursos, en que Estados Unidos busca desesperadmente fuentes energéticos en las profundidades del Océano Pacífico, en que Bolivia nacionaliza sus recursos energéticos de electricidad, Venezuela no puede olvidar el concepto de soberanía energética: la idea que los recursos energéticos, por su rol estratégico en la economía y el desarrollo deben pertenecer prioritariamente al Estado y deben estar al servicio de los intereses de la nación en la perspectiva del mediano y el largo plazo.  Todas las naciones hoy desarrolladas basaron sus esfuerzos energéticos en el principio de la soberanía energética, como manifestación de la preeminencia del Estado nacional como propietario y usuario primordial de los propios recursos y como garantía de la independencia nacional.

FUENTES BIBLIOGRAFICAS

Arriola, Joaquín (2000). Geopolítica del petróleo. (Documento Internet). La Insignia, Economía: 29/11/2000.

Banco Mundial (1995). Anuario Estadístico. Nueva York.

Benjamín, César (2001). Geopolítica de la venganza. (Documento Internet). Río de Janeiro. Foreign Policy in Focus.

Castro Soto, Gustavo E. (2002). La verdad sobre el conflicto con Irak. Petróleo, Gas, Bancos, Narcotráfico, Bioeconomía y Militarización. (Documento Internet). Ecoportal: 23/11/2002.

Department of Energy (DOE) (2001). Energy National Plan. Estados Unidos.

Fazio, Carlos (2002). El golpe a Chávez, con olor a petróleo. (Documento Internet). México: La Jornada. 04/07/2002.

Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (1997). Impactos regionales del cambio climático: evaluación de la vulnerabilidad. Resumen para responsables de políticas. OMM/PNUMA.

Un orden global basado en la hegemonía militar

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La crisis económica mundial y la declinación del imperio americano – Emmanuel Todd

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La construcción de una nueva geopolítica mundial

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La globalización, esa máquina neoliberal de dominación planetaria: contribuciones para una geopolítica global

21 febrero, 2010 § Deja un comentario

La globalización o mundialización ha sido uno de los objetos predilectos de estudio de las Ciencias Sociales a lo menos en los recientes veinte años, mientras sus estructuras y modelos se han ido instalando en la realidad del orden mundial.

El debate político, ideológico y académico en torno a la globalización, parece haberse polarizado entre detractores críticos que denuncian los efectos perversos de un modo de organización y articulación de la economía mundial (Toni Negri, Immanuel Wallerstein, Ulrich Beck, Georges Burdeau,  John Pilger, T. Christian Miller, David Harvey, Zygmunt Bauman,  Emmanuel Todd, Joseph Stiglitz…Tomás Moulian, Eduardo Galeano…) y los panegíricos de quienes profieren las bondades de un sistema destinado a incrementar el bienestar de los pueblos y el desarrollo (Jeffrey Sachs, Johan Norberg, Martin Wolf, Francis Fukuyama… ).

Mientras unos (herederos de Friedman y Hayek) proclaman los beneficios del emprendimiento, de la innovación, de la desregulación de los mercados, de la inversión colocada en los mercados más abiertos y rentables, de las tecnologías puestas a disposición de los negocios y el comercio, otros (provenientes de distintas escuelas de pensamiento social y político) denuncian las desigualdades crecientes, las inequidades estructurales, las asimetrías sociales , económicas y territoriales ocasionadas o profundizadas por este modo de producción capitalista extremo.

Y en medio de esta extensa polémica en forma de diálogo intelectual, instalaron su tienda (a  medio camino entre el  Estado y el mercado) los teóricos de la tercera vía (Anthony Giddens, Tony Blair, Felipe Gonzalez, Manuel Castells…) quienes prefirieron componer con el modelo puro y duro y las complejas realidades del sistema de dominación en expansión, “socialdemocratizando” una fórmula intermedia  que permita edulcorar sus rasgos más extremos, con politicas sociales que lo hagan aceptable.

La crítica teórica e intelectual a la globalización en su versión capitalista occidental, parte desde una lectura integral y multidisciplinaria de un fenómeno socio-político, material, tecnológico y económico que es sometido a un análisis de sus componentes, causas, dimensiones y consecuencias, aún en medio de su proceso de instalación y operación.

La crítica a la globalización y altermundista (dirigida tanto a la dimensión planetaria del sistema, como a sus versiones nacionales, y al modelo neoliberal como edificio teórico y político de fundamentación) se realiza precisamente mientras esta “fase superior del capitalismo mundializado” se instalaba en el orden mundial articulando nuevas fuerzas y actores.

Este ensayo tiene por objeto analizar -desde una perspectiva geopolítica- los mecanismos constitutivos de la globalización entendida como una tendencia profunda que se ha instalado en el orden mundial desde los dos decenios finales del siglo xx y cuya trayectoria debiera continuar a lo largo de los primeros decenios del siglo xxi.

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La cambiante naturaleza de la amenaza y del conflicto en el siglo xxi

19 febrero, 2010 § Deja un comentario

PROLOGO

El mundo en los inicios del siglo XXI se percibe hoy convulsionado, caótico e impredecible.  Si hay un rasgo que parece distinguir al mundo de hoy es su carácter esencialmente impredecible.Efectivamente, la proliferación de conflictos de distinto orden en distintas regiones del orbe, denotan la existencia de profundas controversias de intereses que no fueron resueltas durante el siglo XX y que constituyen su herencia más negativa.

El hambre, el SIDA, la pobreza, las diferencias religiosas, las tensiones étnicas y raciales, las luchas por el agua o por el petróleo, los conflictos originados en el control de zonas estratégicas del mundo, las distintas formas de intervención de la potencia imperial en aquellas regiones del mundo donde se juegan intereses cruciales, todas ellas son parte de la herencia que el siglo XXI ha recibido de la centuria anterior y, en algunos casos, del siglo XIX. El mundo de hoy es tanto o más impredecible que durante el siglo XX.

Este ensayo tiene por objeto examinar el dilema de la guerra y la paz en la época contemporánea.

Tres disciplinas nos permiten examinar este tópico: las Relaciones Internacionales, la Teoría Estratégica y la Ciencia Política.  Este trabajo presenta un análisis del sistema internacional, desde la perspectiva intelectual  de la escuela teórica del realismo político y estratégico.

UNIPOLARIDAD, IMPERIO, INCERTTIDUMBRE Y REDISTRIBUCION DE LAS HEGEMONIAS: LOS DETERMINANTES ESTRUCTURALES DEL ORDEN MUNDIAL ACTUAL

Cuatro conceptos y tendencias profundas permiten comprender el actual estado del sistema internacional: la unipolaridad, un esquema del orden mundial que opera como resultado del término de la guerra fría (1945-1990); la actual hegemonía imperial estadounidense en los planos tecnológico, estratégico y económico; el predominio de un clima internacional caracterizado por la incertidumbre más o menos generalizada o por la pérdida de las certidumbres estratégicas y políticas anteriores; y una tendencia cada vez más marcada hacia la redistribución de las hegemonías a escala planetaria.  El actual orden mundial se comprende a partir de la existencia de un esquema unipolar, es decir, del predominio y hegemonía de una sola potencia sobre el conjunto del sistema-planeta.

Esa potencia unipolar es hoy Estados Unidos.  La hegemonía estadounidense le permite desempeñar en la actualidad una posición de dominación incontestable en el mundo entero, posición que se caracteriza por el ejercicio cada vez más  creciente de una dominación de caracter imperial. Al ordenarse el sistema-planeta en torno a una potencia global, se asume que la forma cómo esa potencia global ejerce su hegemonía es mediante la configuración de relaciones de carácter imperial con las demás potencias mundiales y regionales.

El imperio global es hoy entonces una categoría de análisis que permite entender la forma cómo se encuentra materializada la actual arquitectura internacional y como está distribuido el poder y la dominación en el mundo contemporáneo.

El imperio ordena el mundo a partir de una jerarquización desigual de las potencias y de una asimetría estratégica estructural básica que el actual “desorden” mundial hereda del anterior sistema internacional.

El antiguo sistema internacional basado en el paradigma de Westfalia, se encuentra en transición hacia un orden imperial, hacia una Nueva Edad Media postmoderna en que los Estados nacionales son sometidos a una creciente presión “desde abajo” o sea desde las demandas y reivindicaciones regionales y locales, y “desde arriba”, o sea desde las emergentes entidades supranacionales y transnacionales que gradualmente le van restando márgenes de soberanía.   De este deterioro del Estado nacional como entidad única y primordial del sistema internacional, también se beneficia la dominación imperial.

El imperio como forma de dominación capitalista global es parte de un proceso estructural mayor del sistema internacional: la redistribución de las hegemonías.  El sistema internacional se distribuye en una jerarquización asimétrica de los actores internacionales.   Esta jerarquización de los actores internacionales, además de las instituciones internacionales y de las organizaciones supranacionales, necesariamente incluye a las potencias globales, potencias mundiales y Estados pivotes continentales, así como potencias regionales y subregionales.

América Latina forma parte de este esquema de redistribución de las hegemonías, en cuanto espacio  geopolítico caracterizado por su desarrollo desigual y dependiente y por su posición periférica dentro del orden global,  y por su condición de espacio geo-económico de interés por los recursos naturales que posee.

Los intereses energéticos y los recursos naturales escasos: los determinantes estructurales del conflicto

Las causas fundamentales de las frecuentes guerras que han asolado el mundo desde 1914 en adelante, podrían ser analizadas desde varios puntos de vista.   Aquí se analizan desde la óptica de los intereses energéticos y del control sobre ciertos recursos naturales escasos como el agua o el uranio.

Las guerras del siglo XX y la mayor parte de los actuales focos de conflicto en el mundo se pueden explicar a partir del propósito de determinadas potencias de acceder o asegurarse el control sobre las fuentes de producción y suministro del petróleo.   Desde la década de 1950-1960 en adelante el sistema mundial vive una secuencia de conflictos y guerras originadas en el petróleo.

Guerras por el petróleo en que las potencias mundiales y las grandes corporaciones internacionales occidentales que controlan los puntos de producción se han disputado ya sea directamente (guerra fría entre Estados Unidos y la URSS de 1945 a 1990), o a través de sus Estados aliados (Israel, Arabia Saudita y Jordania como aliados de Estados Unidos; Irak y Egipto como aliadas de la antigua URSS).

Sin embargo, desde el término de la guerra fría (1990) el Medio Oriente ha experimentado un proceso de agudización de las tensiones originadas en el surgimiento de movimientos y grupos islámicos que reivindican el petróleo como propiedad de los Estados árabes donde éste se encuentra, apoyando su demanda en la exacerbación de los sentimientos nacionalistas y de las creencias religiosas dentro del islam.  Cabe subrayar que desde fines del siglo XX, el islam (aún dentro de sus complejas diferencias interiores entre las corrientes chiitas y sunnitas) vive una profunda transformación de orden geopolítico y cultural caracterizada por una toma de conciencia de su potencia energética y por una reafirmación cultural y nacional de su identidad religiosa, como forma de oponerse y resistir a la presencia occidental en sus tierras.

amenazas impredecibles y asimetría: la cambiante naturaleza del conflicto

Ya las guerras no son como antes.

Los conflictos no solo se han vuelto impredecibles, sino que las causas de los conflictos, es decir, en términos estratégicos “la naturaleza de la amenaza” ha cambiado sustancialmente desde los últimos 20 años del siglo XX.  Las guerras del presente no se declaran, se hacen; las guerras se producen por lo tanto en una dimensión de vacío del derecho internacional que impide controlarlas por los procedimientos diplomáticos tradicionales.

Pero además, han evolucionado las causas del conflicto.

En efecto, a las guerras por razones ideológicas, culturales, étnicas y/o religiosas, se agregan los conflictos territoriales y fronterizos, y además, se suman hoy los conflictos económicos y comerciales y la extendida disputa por los recursos naturales escasos (petróleo, gas, uranio y otros metales raros, agua potable…), pero también por el control de recursos naturales no siempre escasos pero de alto valor específico para los Estados involucrados (pesca, dominios marítimos, etc.).

La guerra además, se ha extendido en sus formas específicas de manifestarse, dejando las tradicionales dimensiones terrestre, marítima y aérea, ahora superadas por nuevas modalidades del conflicto bélico como la guerra electrónica, la guerra biológica, química y bacteriológica, además de la guerra nuclear, los conflictos de baja intensidad, la guerra espacial, la guerra por la información o guerra informacional y la guerra ecológica o ambiental.  A estas formas no convencionales del conflicto moderno, deben agregarse también otras combinaciones de la acción estratégica como la guerra aero-terrestre y la guerra submarina.

A la complejización de la amenaza y de las formas del conflicto, se agrega el fenómeno mundial de la proliferación de las armas a toda escala, desde la expansión de los sistemas de producción hasta la implosión de las redes de comercialización abierta y encubierta de armas y sistemas de armas.

Los nuevos conflictos de hoy y del futuro predecible serán aún más impredecibles, no obstante que los avances tecnológicos en materia de sistemas de vigilancia, control y prevención nos podrían augurar un mundo más controlable y seguro.  No es así.  la proliferación de armas y sistemas de armas, y la complejización de la amenaza determinan por el contrario, que nos internamos en un orden internacional en que la agresión, la amenaza del uso de la fuerza, la provocación o la gesticulación, puede devenir más frecuentes a medida que las instituciones internacionales (Naciones Unidas en primer lugar) sean percibidas como sistemas complejos poco capacitados para prevenirlas o evitarlas.

En un orden mundial como el presente en que la potencia global e imperial solo interviene allí donde sus intereses vitales y estratégicos los perciba amenazados, y donde en consecuencia pueden quedar amplias zonas del mundo -de bajo interés para los Estados Unidos- expuestas a la guerra civil, a los conflictos étnicos, religiosos o geopolíticos y para los cuales la presencia internacional puede llegar a ser tardía e ineficaz, la tentación de cada Estado de armarse para disuadir enemigos reales y potenciales solo puede agudizar las posibilidades de estallidos.

Manuel Luis Rodríguez U.

orientaciones bibliográficas

A revolution in warfare. Eliot A. Cohen.  Foreign Affairs. Vol. 75 Nº 2. March/April 1996. N. York, 1996.

America’s Information Edge. Joseph Nye – William A. Owens. Foreign Affairs, vol. 75 Nº 2.  March/April 1996. N. York, 1996.

Amin, S.: Geopolitique de l’imperialisme contemporain. Paris, 1996. L’Harmattan.

Arm in Arm: The Political Economy of the Global Arms Trade. William W. Keller. N. York, 1995.  Basic Books.

De la guerre. K. von Clausewitz.  Paris, 1956.  Ed. du Minuit.  (Hay traducciones en español -argentinas, españolas y cubanas- del tratado “De la Guerra” de Karl von Clausewitz, el más destacado estratega teórico del siglo XIX).

Géopolitique.  Les voies de la puissance. Pierre M. Gallois.  Paris, 1990.  FEDN – Plon.

Glosario de Defensa. M. Sheehan – J. H. Wyllie.  Madrid, 1991.  Ministerio de Defensa de España.

Historia Universal Salvat. 20 vols.  Barcelona, 2006. (Una interesante colección muy actualizada de Historia de la Humanidad, con presentaciones de los distintos continentes y naciones.  Recomendable.)

Historia del siglo XX. Eric Hobsbawm.  B. Aires, 2001.  Grijalbo-Mondadori. (De los numerosos textos de historia de Eric Hobsbawm, la “Historia del siglo XX” es uno de las mejores síntesis del siglo.  Muy recomendable.)

Intellectual Origins of Islamic Resurgence in the Modern Arab World. Ibrahim M. Abu-Rabi.  Albany, 1995.  State University of New York Press.

L’hegemonie americaine face au multipolarisme emergent. Saida Bedar.  Le Debat Stratégique N° 72.  Paris, fevrier 2004.  CIRPES.

La conduite de la guerre de 1789 à nos jours. J.F.C. Fuller. Paris, 1963.  Ed. Payot.

Las guerras del futuro. La supervivencia en el alba del siglo XXI. Alvin Toffler.  Madrid, 1994.  Plaza & Janés Edit.

Powder Kegt in the Middle East: The struggle for Gulf Security. G. Kemp – J. G. Stein.  London, 1995. Rowman & Littlefield

Seguridad y defensa en el siglo xxi – Elementos para un análisis geopolítico

19 febrero, 2010 § Deja un comentario

Los problemas militares y de la guerra han visto desaparecer y transformarse sus grandes conceptos y paradigmas tradicionales de sustentación.

Desde fines del siglo xx, con el fin de la bipolaridad y las tendencias a la mundialización/globalización, asistimos a una profunda metamorfosis de la cuestión militar y estratégica, a un cuestionamiento de las certezas teóricas y conceptuales existentes en materia de seguridad y defensa.

Desde la guerra de masas y de armamentos industriales, vamos avanzando hacia la guerra focalizada, hacia instrumentos bélicos inteligentes, precisos  y de alta letalidad. Desde los ejercitos masivos, territoriales y pesados, vamos hacia la configuración de fuerzas militares reducidas, altamente sofisticadas, interarmas, de reacción rápida y con creciente capacidad de ubicuidad y proyección para dar cuenta de las nuevas amenazas y riesgos.

Desde la guerra material, masiva y territorializada que se ganaba en las conciencias y en la opinión pública después que en el terreno, vamos hacia la guerra digital, desterritorializada, inteligente y quirúrgica que se ganará en las pantallas antes que en el teatro.

CONTENIDO Y FORMA DE LOS CAMBIOS EN LA ESFERA ESTRATÉGICA

Los grandes cambios sociales y culturales originados en la transformación tecnológica desencandenada con la incorporación de las TICS en todo el teatro estratégico, genera a la vez efectos sinérgicos y de dispersión en la esfera de los sistemas de armas, en los diseños estratégicos de la acción bélica, en la naturaleza y carácter del teatro de la guerra y en el campo de batalla, mientras los esquemas geopolíticos y geoestratégicos se modifican para dar paso a escenarios de conflicto caracterizados por la indeterminación, la fluidez, la complejidad y la ruptura y compresión del espacio/tiempo.

El fin del llamado ciclo de la disuasion (1945-1990) no solo puso fin a la bipolaridad Este-Oeste, si no que hizo trizas  también las nociones tradicionales de fronteras y de soberanía, al mismo tiempo que hicieron implosión las dimensiones de la amenaza y de los riesgos a que se enfrentan los actores internacionales en la escena global.

Esta implosión metamorfósica de la problemática estratégica, ha traido como una de sus consecuencias más profundas, el que la cuestión de la guerra y de la paz, de la defensa y la seguridad, han dejado de ser asuntos de estricto orden militar o castrense para abarcar dimensiones hasta hoy poco consideradas en el debate y en la teoría estratégica tradicional.

¿Estamos entrando en una época post-clausewitziana?

Probablemente sí, a condición que entendamos que el paradigma clausewitziano estaba construido sobre la forma trilateral del espacio/tiempo/profundidad, parámetros que hoy han sido cuestionados  por el arma nuclear, por las armas biológicas, químicas y ecológicas, por la miniaturización y digitalización de los sistemas de armas  y por su proliferación horizontal.

INCERTIDUMBRE, METAMORFOSIS Y RIVALIDAD HEGEMÓNICA

Tres categorías de análisis nos permiten comprender los cambios en curso.  Incertidumbre, metamorfosis y rivalidad hegemónica abren el abanico de los criterios para el análisis geoestratégico y geopolítico.

Estamos en presencia de un período de transición en el orden global, y esa transición se caracteriza por la incertidumbre, es decir, por la prevalencia de un clima de indeterminación y de imprevisibilidad de las tensiones, las rivalidades y los conflictos.

La noción de metamorfosis subraya los procesos de mutación gradual y contínua, así como la transmutación e imbricación de cambios ambientales, económicos, políticos, socio-culturales y estratégicos que experimenta el sistema-planeta, en una sinergia circular e interdependiente, donde unos y otros procesos, a velocidades y ritmos distintos y con distintos grados de intensidad, repercuten sobre la totalidad del sistema ocasionando transformaciones.

El orden internacional se encuentra en una transición entre un orden bipolar hacia un orden multipolar, transición durante la cual predomina un esquema unipolar de las hegemonías. La potencia unipolar estadounidense ha instalado un orden global que no termina de ser aceptado ni reconocido, mientras los demás actores y potencias de alcance mundial, se aprestan a rivalizar por la futura hegemonía global, dando paso hacia mediados del siglo xxi a una disputa multiple o a escenarios diversos y sucesivos de  rivalidad hegemónica a diversas escalas y niveles.

Transitamos hacia un orden global multipolar -el escenario geoestratégico más probable de mediados del siglo xxi- al mismo tiempo, que nos acercamos a una prolongada etapa de rivalidad hegemónica entre potencias globales, potencias mundiales y potencias regionales por acceder a niveles mayores de la jerarquia de potencias en el sistema-planeta.

SEGURIDAD Y SOBERANÍA

Una primera revolución conceptual en esta materia es hoy la cada vez más estrecha relación e inter-dependencia entre seguridad y soberanía.

Si la seguridad es una condición compleja que hace posible el desarrollo y posibilita la existencia en condiciones de estabilidad, la soberanía se asocia a la seguridad, en tanto y en cuanto se define como el conjunto de atributos irrenunciables de un Estado para asegurar su supervivencia y su desarrollo.  La seguridad se relaciona y se asocia con la soberanía, como dos dimensiones de una misma necesidad esencial del Estado moderno en el actual orden global, de hacer suyos los atributos y recursos estratégicos necesarios para obtener y mantener un lugar en el orden mundial, en un marco estructural asimétrico de relaciones entre los Estados y demas actores internacionales.

Aun en un orden global de relativización de las fronteras, el Estado nacional sigue siendo el actor principal de la escena internacional y el único dotado de la capacidad soberana de determinar cuáles son los recursos estratégicos que hacen posible y necesaria su supervivencia.  Es el Estado el que define qué es estratégico para su supervivencia y para su desarrollo, en la prespectiva del presente y del futuro previsible.

LAS NUEVAS DIMENSIONES DE LA SOBERANÍA

De estas definiciones, surgen a lo menos tres dimensiones nuevas que se incorporan en la reflexión estratégica y geopolítica. Una de ellas es la soberanía energética, así también como la cuestión de la soberanía alimentaria y la soberanía ambiental.

En los próximos decenios del siglo xxi, la cuestión clave del desarrollo (a cualquier escala) será el acceso hacia fuentes eficientes de energía en condiciones de autonomía relativa.  Los Estados y las corporaciones seguirán enfrentados e impelidos a la necesidad de acceder a fuentes de energía para impulsar el desarrollo, y por lo tanto, seguirán siendo estratégicas dichas fuentes.  Al mismo tiempo, la escasez de energías no renovables y la rivalidad por controlarlas, agudizará los conflictos y las amenazas y riesgos de conflicto por su acceso y control y continuará siendo un factor polemológico de primera importancia.

Del mismo modo, el acceso y la provisión de recursos alimentarios, por parte de los Estados continuará ocupando un lugar crucial en las preocupaciones de políticos y economistas.

Así también la ecología y el medio ambiente serán factores de conflicto adicionales, tanto por la necesidad de los Estados de controlar el agua y preservar sus propios entornos naturales, como por el imperativo de cautelar su respectivo patrimonio ecológico territorial. Los riesgos de guerra ambiental, es decir de utilización de componentes del clima o del medio ambiente como instrumentos de destrucción masiva, podrían acentuarse en el futuro.

El conjunto del orden global, despues de haber funcionado en una tendencia hacia la concentración de los actores (propio de la guerra fría,  durante la primera mitad del siglo xx), marcha hacia una tendencia a la dispersión de los actores internacionales.

Manuel Luis Rodríguez U.

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